domingo, 23 de mayo de 2010

PENTECOSTÉS

La palabra Pentecostés viene del griego y significa el día quincuagésimo. A los 50 días de la Pascua, los judíos celebraban la fiesta de las siete semanas (Ex 34,22), esta fiesta en un principio fue agrícola, pero se convirtió después en recuerdo de la Alianza del Sinaí.


Al principio los cristianos no celebraban esta fiesta. Las primeras alusiones a su celebración se encuentran en escritos de San Irineo, Tertuliano y Orígenes, a fin del siglo II y principio del III. Ya en el siglo IV hay testimonios de que en las grandes Iglesias de Constantinopla, Roma y Milán, así como en la Península Ibérica, se festejaba el último día de la cincuentena pascual.

Con el tiempo se le fue dando mayor importancia a este día, teniendo presente el acontecimiento histórico de la venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles (Cf. Hch 2). Gradualmente, se fue formando una fiesta, para la que se preparaban con ayuno y una vigilia solemne, algo parecido a la Pascua. Se utiliza el color rojo para el altar y las vestiduras del sacerdote; simboliza el fuego del Espíritu Santo.

Significado

Los cincuenta días pascuales y las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, forman una unidad. No son fiestas aisladas de acontecimientos ocurridos en el tiempo, son parte de un solo y único misterio.

Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del Espíritu Santo. La Iglesia sabe que nace en la Resurrección de Cristo, pero se confirma con la venida del Espíritu Santo. Es hasta entonces, que los Apóstoles acaban de comprender para qué fueron convocados por Jesús; para qué fueron preparados durante esos tres años de convivencia íntima con Él.

La Fiesta de Pentecostés es como el "aniversario" de la Iglesia. El Espíritu Santo desciende sobre aquella comunidad naciente y temerosa, infundiendo sobre ella sus siete dones, dándoles el valor necesario para anunciar la Buena Nueva de Jesús; para preservarlos en la verdad, como Jesús lo había prometido (Jn 14.15); para disponerlos a ser sus testigos; para ir, bautizar y enseñar a todas las naciones.

Es el mismo Espíritu Santo que, desde hace dos mil años hasta ahora, sigue descendiendo sobre quienes creemos que Cristo vino, murió y resucitó por nosotros; sobre quienes sabemos que somos parte y continuación de aquella pequeña comunidad ahora extendida por tantos lugares; sobre quienes sabemos que somos responsables de seguir extendiendo su Reino de Amor, Justicia, Verdad y Paz entre los hombres.

¿Quién es el Espíritu Santo?

"Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! sino por influjo del Espíritu Santo" (1Co 12,3)

Muchas veces hemos escuchado hablar de Él; muchas veces quizá también lo hemos mencionado y lo hemos invocado. Piensa cuántas veces has sentido su acción sobre ti: cuando sin saber cómo, soportas y superas una situación, una relación personal difícil y sales adelante, te reconcilias, toleras, aceptas, perdonas, amas y hasta haces algo por el otro…. Esa fuerza interior que no sabes de dónde sale, es nada menos que la acción del Espíritu Santo que, desde tu bautismo, habita dentro de ti.

El Espíritu Santo ha actuado durante toda la historia del hombre. En la Biblia se menciona desde el principio, aunque de manera velada. Y es Jesús quien lo presenta oficialmente:

"SI ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Defensor que permanecerá siempre con ustedes. Este es el Espíritu de Verdad…. En adelante el Espíritu Santo Defensor, que el Padre les enviará en mi nombre, les va a enseñar todas las cosas y les va a recordar todas mis palabras. … En verdad, les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Defensor no vendrá a ustedes. Pero si me voy se lo mandaré. Cuando él venga, rebatirá las mentiras del mundo…. Tengo muchas cosas más que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas ahora. Pero cuando Él venga, el Espíritu de la Verdad, los introducirá en la verdad total".

Estos son fragmentos del Evangelio de San Juan, capítulos 14, 15 y 16. Si quieres saber más sobre las últimas promesas y más profundas revelaciones de Jesús, lee con atención y mucha fe, esta parte del evangelio.

Desde que éramos niños, en el catecismo aprendimos que "el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad". Es esta la más profunda de las verdades de fe: habiendo un solo Dios, existen en Él tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Verdad que Jesús nos ha revelado en su Evangelio.

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal .





Formas de llamar al Espíritu Santo

"Espíritu Santo" es el nombre propio de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a quien también adoramos y glorificamos, junto con el Padre y el Hijo. Pero Jesús lo nombra de diferentes maneras:

EL PARÁCLITO: Palabra del griego "parakletos", que literalmente significa "aquel que es invocado", es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta al Espíritu Santo diciendo: "El Padre os dará otro Paráclito" (Jn 14,16). El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado "otro paráclito" porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD: Jesús afirma de sí mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"

(Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel "discurso de despedida" con sus apóstoles en la Última Cena, dice que será quien después de su partida, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado. El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo. Los campos de acción en que actúa el Espíritu Santo, son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.

Permanecer y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, desde los primeros años de la Iglesia hasta el final de los tiempos, y es el Espíritu Santo quien hace posible que la verdad a cerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin alteraciones.

Cada vez que rezamos el Credo, llamamos al Espíritu Santo:

SEÑOR Y DADOR DE VIDA: El término hebreo utilizado por el Antiguo Testamento para designar al Espíritu es "ruah", este término se utiliza también para hablar de "soplo", "aliento", "respiración". El soplo de Dios aparece en el Génesis, como la fuerza que hace vivir a las criaturas, como una realidad íntima de Dios, que obra en la intimidad del hombre. Desde el Antiguo Testamento se puede vislumbrar la preparación a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre es principio de la Creación; que la realiza por medio de su Palabra, su Hijo; y mediante el Soplo de Vida, el Espíritu Santo.

La existencia de las criaturas depende de la acción del soplo - espíritu de Dios, que no solo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra. (Cf. Sal 103/104; Is 63, 17; Gal 6,15; Ez 37, 1-14). Es Señor y Dador de Vida porque será autor también de la resurrección de nuestros cuerpos:

"Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes" (Rom 8,11).

La Iglesia también reconoce al Espíritu Santo como:

SANTIFICADOR: El Espíritu Santo es fuerza que santifica porque Él mismo es "espíritu de santidad".

(Cf. Is. 63, 10-11) En el Bautismo se nos da el Espíritu Santo como "don" o regalo, con su presencia santificadora. Desde ese momento el corazón del bautizado se convierte en Templo del Espíritu Santo, y si Dios Santo habita en el hombre, éste queda consagrado y santificado.

El hecho de que el Espíritu Santo habite en el hombre, alma y cuerpo, da una dignidad superior a la persona humana que adquiere una relación particular con Dios, y da nuevo valor a las relaciones interpersonales. (Cf. 1Cor 6,19) .



Los símbolos del Espíritu Santo

Al Espíritu Santo se le representa de diferentes formas:

El Agua: El simbolismo del agua es significativo de la acción del Espíritu Santo en el Bautismo, ya que el agua se convierte en el signo sacramental del nuevo nacimiento.

La Unción: Simboliza la fuerza. La unción con el óleo es sinónima del Espíritu Santo. En el sacramento de la Confirmación se unge al confirmado para prepararlo a ser testigo de Cristo.

El Fuego: Simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu.

La Nube y la Luz: Símbolos inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Así desciende sobre la Virgen María para "cubrirla con su sombra". En el Monte Tabor, en la Transfiguración, el día de la Ascensión; aparece una sombra y una nube.

El Sello: Es un símbolo cercano al de la unción. Indica el carácter indeleble de la unción del Espíritu en los sacramentos y hablan de la consagración del cristiano.

La Mano: Mediante la imposición de manos los Apóstoles y ahora los Obispos, trasmiten el "don del Espíritu".

La Paloma: En el Bautismo de Jesús, el Espíritu Santo aparece en forma de paloma y se posa sobre Él.



El Espíritu Santo y la Iglesia

La Iglesia nacida con la Resurrección de Cristo, se manifiesta al mundo por el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Por eso aquel hecho de que "se pusieron a hablar en idiomas distintos" , (Hch 2,4) para que todo el mundo conozca y entienda la Verdad anunciada por Cristo en su Evangelio.

La Iglesia no es una sociedad como cualquiera; no nace porque los apóstoles hayan sido afines; ni porque hayan convivido juntos por tres años; ni siquiera por su deseo de continuar la obra de Jesús. Lo que hace y constituye como Iglesia a todos aquellos que "estaban juntos en el mismo lugar" (Hch 2,1), es que "todos quedaron llenos del Espíritu Santo" (Hch 2,4).

Una semana antes, Jesús se había "ido al Cielo", y todos los que creemos en Él esperamos su segunda y definitiva venida, mientras tanto, es el Espíritu Santo quien da vida a la Iglesia, quien la guía y la conduce hacia la verdad completa.

Todo lo que la Iglesia anuncia, testimonia y celebra es siempre gracias al Espíritu Santo. Son dos mil años de trabajo apostólico, con tropiezos y logros; aciertos y errores, toda una historia de lucha por hacer presente el Reino de Dios entre los hombres, que no terminará hasta el fin del mundo, pues Jesús antes de partir nos lo prometió: "…yo estaré con ustedes, todos los días hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20)



El Espíritu Santo y la vida cristiana

A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo (Cf. Rom 8,9.11;

1Cor 3,16; Rom 8,9). Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar;

nos permite conocerlo y amarlo;

hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios. (Cf. Gal 5,13-18; Rom 8,5-17).

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu, estos dones son:

ð Sabiduría: nos comunica el gusto por las cosas de Dios.

ð Ciencia: nos enseña a darle a las cosas terrenas su verdadero valor.

ð Consejo: nos ayuda a resolver con criterios cristianos los conflictos de la vida.

ð Piedad: nos enseña a relacionarnos con Dios como nuestro Padre y con nuestros hermanos.

ð Temor de Dios: nos impulsa a apartarnos de cualquier cosa que pueda ofender a Dios.

ð Entendimiento: nos da un conocimiento más profundo de las verdades de la fe.

ð Fortaleza: despierta en nosotros la audacia que nos impulsa al apostolado y nos ayuda a superar el miedo de defender los derechos de Dios y de los demás.



Experiencias del Espíritu Santo en la vida concreta

Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre todas las demás esperanzas particulares, que abarca con su suavidad y con su silenciosa promesa todos los cimientos y todas las caídas;

Cuando se acepta y se lleva libremente una responsabilidad donde no se tienen claras perspectivas de éxito y de utilidad;

Cuando se da como buena la suma de todas las cuentas de la vida que uno mismo no puede calcular pero que Otro ha dado por buenas, aunque no se puedan probar;

Cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría se viven sencillamente y se captan como promesa del amor, la belleza y la alegría, sin dudar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo;

Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar;

Cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibamos una respuesta que se pueda razonar y disputar;

Cuando uno se entrega sin condiciones y esta capitulación se vive como una victoria;

Cuando se experimenta la desesperación, y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil: Allí está Dios y su gracia liberadora, allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos Espíritu Santo de Dios".

Oraciones al Espíritu Santo

El hombre prudente, sabe que necesita luz en su inteligencia y fuerza en su voluntad para pensar y hacer lo que Dios quiere. Esa luz y esa fuerza solamente vienen de lo alto; es el Espíritu Santo quien provee al cristiano de todo lo que necesita para su caminar en la vida. Por eso, todos los días nos conviene invocarlo.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido, luz que penetras las almas, fuente de mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego; gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tu le faltas por dentro, mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo. Doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. AMÉN.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía Señor, tu Espíritu y todo será creado y se renovará la faz de la tierra.

¡Oh, Dios, que has instruido los corazones de tus fieles con la luz de tu Espíritu Santo!, concédenos que sintamos rectamente con el mismo Espíritu y gocemos siempre de su divino consuelo.

Por Jesucristo, Nuestro Señor. AMÉN.

lunes, 10 de mayo de 2010

La espiritualidad vigorosa de San Ignacio de Loyola

Muchos de nuestros lectores podrían imaginar que de la pluma de San Ignacio (1491-1556) haya salido una literatura tan magnífica como su admirable obra, consubstanciada en la Compañía de Jesús — uno de los pilares de la Contra-Reforma Católica.


En realidad, sin embargo, según sus biógrafos San Ignacio no fue un literato. Ni siquiera un escritor que se haya empeñado en redactar libros. Su producción intelectual apunta hacia otra finalidad, no consistiendo propiamente en libros de lectura. Son verdades enseñadas de una manera nueva, admirable síntesis de principios asimilados a lo largo de años de formación. Sus escritos deben ser considerados bajo tal prisma, y ahí no causarán desilusión al lector; se presentan enjutos, con una fraseología sucinta y, muchas veces, aparentemente dura.

De los escritos legados a la posteridad por ese gran destello de la Contra-Reforma, destacamos los célebres Ejercicios Espirituales, destinados a orientar al fiel en la práctica del método de los retiros ignacianos. Método este que, por su radicalidad, lógica y eficacia, obtuvo tanto la conversión cuanto la santificación de innumerables almas a lo largo de casi cuatro siglos y medio.

Analizando los Ejercicios Espirituales con atención, se percibirá que San Ignacio, al escribirlos, no se preocupó con la forma, y, muchas veces, ni siquiera con la exactitud gramatical, sino sobre todo con la psicología humana, procurando orientarla vigorosamente hacia el bien y la práctica de las virtudes.

Conmemorándose el día 31 del presente mes la fiesta de este gigante de la espiritualidad católica, Tesoros de la Fe presenta a sus lectores algunos extractos de su obra. Seleccionamos precisamente de los Ejercicios Espirituales parte de su Examen general de conciencia, indispensable para la práctica de una buena confesión. Nos restringiremos al examen de los pensamientos, dejando para otra ocasión el examen de las palabras y de las obras. Nos pareció provechoso incluir la conocida oración compuesta por el Fundador de la Compañía de Jesús, rezada frecuentemente y con enorme provecho espiritual, desde hace siglos, después de la recepción de la Sagrada Eucaristía: el Anima Christi.

Examen de conciencia *

Presupongo ser tres los pensamientos en mí, a saber: uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer; y otros dos que vienen de fuera: uno que viene del buen espíritu, y el otro, del malo.

Del pensamiento

[En cuanto al merecimiento]

1ª – Hay dos maneras de obtener merecimiento al resistir a un mal pensamiento que viene de afuera. Por ejemplo, viene un pensamiento de cometer un pecado mortal, pensamiento al cual resisto prontamente y que es vencido.

2ª – La segunda manera de merecer es cuando me viene aquel mismo mal pensamiento, y yo le resisto, y vuelve a venir una y otra vez, y yo siempre resisto, hasta que el pensamiento sea vencido; y esta manera de resistir tiene más merecimiento que la primera.

Anima Christi

(Alma de Cristo)


Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, purifícame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh Buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame a ir a Ti.

Para que con tus Santos te alabe.

Por los siglos de los siglos.

Amén.


[Concerniente al pecado venial]

Se peca venialmente cuando el mismo pensamiento de pecar venialmente viene, y el hombre le da oídos por algunos instantes, o recibe algún deleite sensual, o en la medida que haya alguna negligencia en repeler tal pensamiento.

[Concerniente al pecado mortal]

1ª – Hay dos maneras de pecar mortalmente: la primera es cuando el hombre da consentimiento al mal pensamiento, para luego obrar tal como lo consintió, o para practicarlo si pudiese.

2ª – La segunda manera de pecar mortalmente es cuando se pone en acto aquel pecado, y es mayor por tres razones: primera, por ser mayor el tiempo de su duración; la segunda, por ser mayor su intensidad; y la tercera, por ser mayor el daño causado a las dos personas.

domingo, 21 de marzo de 2010

EJERCICIOS ESPIRITUALES, GRAN OPORTUNIDAD DE ABRIRNOS A LA GRACIA

Estamos en tiempo de aceptar y darnos la gran oportunidad en este tiempo previo a la Semana Mayor (Semana Santa) de realizar, tomar y hacer nuestros Ejercicios Espirituales.



¿Qué son los Ejercicios Espirituales?

Los EE son un método para el encuentro con Dios en todo lo que es la vida cotidiana del ejercitante. Son “ejercicios” o prácticas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida, para la salvación del alma.

En palabras de San Ignacio de Loyola:

“Todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal o mentalmente, y de otras operaciones espirituales. Porque así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, de la misma manera, los Ejercicios Espirituales son todo modo de preparar y disponer el alma, para quitar de sí las afecciones desordenadas, y después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida, para la salvación del alma”.


¿Qué “ejercicios” son los Ejercicios?

1. “Ejercicios”, es decir practicar

Los EE son “ejercicios” o prácticas, es decir tarea personal y exclusiva del ejercitante. Esto los distingue ya de otros tipos de ejercicios en los que predomina la exposición doctrinal o la orientación de vida por parte del predicador. Conviene tener presente esta distinción en las circunstancias actuales, ya que se dan verdaderos EE a partir de conferencias temáticas.

Y, en cambio, dentro del mundo de los EE ignacianos se han ofrecido a menudo ejercicios predicados o conferencias sobre “materias” de los EE, que no responden al carácter genuino que estos tienen. Ahora bien, cualquier ejercicio requiere un método y comporta un proceso de asimilación del método. Para esta aplicación la persona que acompaña ha de conjugar dos actitudes importantes nada fáciles de unir: por una parte, suavidad y delicadeza para acomodar las orientaciones a cada ejercitante (motivarle, apoyarle, etc). Y, por otra parte, la necesaria firmeza para llevar el timón de la pedagogía de los EE, sin ceder fácilmente a reacciones y resistencias del ejercitante.

2. “Espirituales”, integrales

Esta cualidad de espirituales se puede considerar en lasactividades que se realizan o en la finalidad de las mismas:

a) Son “espirituales” una gama inmensa de actividades: «todo modo... Todo modo...» (Ej 1). Ni siquiera se reducen las actividades espirituales al campo de la interioridad, sino que «otras espirituales operaciones» (Ej 1) incluirán la penitencia, el ordenarse en el comer y cosas semejantes.

El clásico comentarista de los EE, Luis de la Palma, afirma que una actividad exterior también puede ser espiritual cuando «nace de la moción del Espíritu». Tenemos, pues, una definición neumatológica de lo espiritual que extiende su campo a una variadísima serie de actividades que se desarrollarán en los EE y que la persona que los da explicará con la gradación conveniente que aquí mismo apunta el texto ignaciano al anunciar «como más adelante se dirá».

En las “adiciones” Ignacio propondrá distintas orientaciones sobre la implicación de lo corporal en la oración y en los ejercicios en general. Porque el cuerpo también ora y todo lo que ayuda a esta participación de lo corporal en la experiencia de los EE es importante. Algunos acompañantes, a la mitad del día antes del almuerzo, proponen algunas experiencias de este tipo corporal: sentir el propio cuerpo, sentir la respiración, atender a la actividad de los distintos sentidos, etc. También es útil prestar más atención de lo que se suele a la dieta, procurando una alimentación lo más natural posible y evitando el exceso de grasas.

Puede, pues, decirse, que los EE son un método para el encuentro con Dios en todo aquello que constituye la cotidianidad del ejercitante. Y, en esta tarea, se busca la unificación de lo corporal y lo espiritual (en el sentido corriente de la palabra), requisito hoy fundamental para superar la dispersión que nos amenaza. De este modo, los EE ayudan a crear hábitos verdaderamente humanos,necesarios para la vida de cada día.

Según esta interpretación, nos debemos preguntar sobre la importancia que damos a «otras espirituales operaciones» distintas de los ejercicios oracionales (ciertamente esenciales) y qué uso hacemos de ellas. Aparte de lo que se propone a lo largo de los mismos EE (lectura, penitencia, oración vocal, vísperas, combate para ordenar los afectos, discernimiento de mociones, atención al comer, dormir y a todo lo corporal), el mismo Ignacio aconsejaba algunas actividades materiales como el cuidado de la habitación y el hacer lo que correspondía a los “criados” en aquel lejano siglo XVI. No hay que caer en un fundamentalismo ignaciano, pero la praxis del santo debería inspirar prácticas que ayudasen a superar un cierto platonismo que siempre amenaza a las experiencias de retiro.

b) Estos ejercicios son también “espirituales” por su finalidad que se expresa en un doble objetivo: por un lado, «quitar de si todas las afecciones desordenadas», es decir, realizar una transformación afectiva en el sentido de superar el desorden de los afectos no centrados en el evangelio y ordenarla de acuerdo con una jerarquía evangélica; por otro lado, «para buscar y hallar la voluntad divina», es decir, reconocer la voluntad de Dios sobre la propia vida y asumirla efectivamente. El discernimiento espiritual, que es el elemento indispensable para la elección, llevará a descubrir y asumir el lugar propio del ejercitante en el mundo, «la disposición de su vida para la salud del ánima».

Es bueno que la persona que acompaña al ejercitante conozca qué busca éste en los EE y, sin embargo, conviene que el ejercitante se abandone al lento proceso sin dejarse llevar por la prisa o la ansiedad de afrontar rápidamente dicho objeto de la elección. Ésta se realizará, con el apoyo imprescindible de quien da los EE, en el “tiempo” que revelará el mismo proceso de la experiencia, durante el cual deberá tomar nota de aquellas vivencias más intensas que vayan surgiendo (deseos, impulsos, llamadas, luces, etc.).

Según esta interpretación de lo espiritual, cabe decir que nocualquier actividad es propiamente espiritual, sino la queresponde al doble aspecto expuesto.

3. El título de los EE (Ej 21): decidir con libertad

El título que figura después de las veinte anotaciones expresa sintéticamente toda la tarea y finalidad de los EE: «Ejercicios Espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea». Es de notar, sin embargo, la corrección que Ignacio añadió al texto manuscrito que él manejaba: «sin determinarse por» para sustituir el «sin afección alguna».

En efecto, la sabiduría humana y espiritual de Ignacio le hace ser consciente de que no todos los ejercitantes alcanzaran una plena transformación de sus afectos en la línea del orden evangélico que se propone en los EE. Cuando esto suceda será necesario que las afecciones sean debidamente conducidas para que no influyan ni determinen la decisión que se pretende tomar.

Tomado de: ENLACES, Boletín de la Casa de Ejercicios Espirituales "San Ignacio de Loyola". IV trimestre, 2009. Basado en: Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola – Una relectura del texto. Por Josep Rambla, SP.

Publicado por: mirg